A montanha mágica

quarta-feira, março 02, 2005

El arte de hacerse respetar (2)





Rembrandt van Rijn, Joseph Accused by Potiphar's Wife, 1655.



Máxima 3


"En una primera instancia, es nuestra naturaleza aparente, y no la verdadera, la que determina la opinión general que los demás tienen acerca de nosotros, es decir, la que determina al honor; y sólo cuando ésta concuerda con nuestra naturaleza verdadera, nos hallamos frente al verdadero honor. De ahí que el honor, y el valor al cual éste representa, sean de dos clases: alguien puede perder su honor sin haber perdido su valor, y viceversa. Asimismo, se pueden cometer crímenes para salvar el honor, lo que equivale a sacrificar el valor propio en aras de la opinión ajena sobre el mismo; y al revés (piénsese en los casos de José e Hipólito)*. Y esto es inevitable, ya que a todos les gusta opinar sobre todo; pero nadie quiere tomarse la molestia de examinar un asunto en detalle. Al honor y a la fama se les puede aplicar la sentencia de Gracián: Las cosas no pasan por lo que son, sino por lo que parecen [Baltasar Gracián, Oráculo manual y arte de prudencia]. Pero este refrán no tiene tanta validez para el honor como para la fama, que surge de méritos extraordinarios consistentes en acciones u obras**. Las hazañas guerreras cuentan con escasos testigos presenciales, cuyo relato, pocas veces imparcial, se convierte luego en decisivo; mientras que las acciones cotidianas se acoplan muy bien a la capacidad de discernir del común de las gentes, siempre que sus juicios estén basados en datos verídicos. En cambio, pocos son los capacitados para apreciar las obras, por tratarse de algo teórico, y tantos menos cuanto más categoría tengan éstas; la ventaja es que aquí los datos se hallan firmemente asentados y, pueden, si ello es necesario, aguardar a la posteridad***. Pero como el honor, según veremos luego, se basa en asuntos que le es dado esperar a cualquiera de los que pertenecen a una misma clase, y de los que, por lo tanto, cualquiera de éstos es un juez competente, el error se puede presentar aquí únicamente si se tergiversen los datos, y esto último no es fácil de hacer por mucho tiempo. Pues como el círculo de influencia de cada cual es el árbitro de su honor, y la falsa apariencia acaso engañe a alguien, pero difícilmente engañará a todos, es normalmente nuestra verdadera naturaleza, y no la aparente, la que determina a la opinión general.


* [Schopenhauer se refiere al episodio de José narrado en la Biblia (Génesis 39): habiendo repudiado los ofrecimientos de la mujer de Putifar, la cual había puesto sus ojos en él, José fue acusado por ella de haberla intentado seducir; también se refiere al caso de Hipólito, hijo de Teseo y Antíope que fue calumniado por su madrastra Fedra, enamorada de él, como cuenta Eurípedes en la tragedia homónima.]

** Cfr. Cuartillas, 135 (1826):«Dos son las vías que conducen a la fama y a la inmortalidad: la vía de las acciones y de las obras. De las acciones, sin embargo, sólo es inmortal el recuerdo, que al pasar de persona en persona se debilita y va perdiendo credibilidad, para acabar apagándose por completo, pues las huellas de las acciones se desvanecen. Las obras, por su parte, son en sí mismas inmortales y pueden sobrevivir eternamente. Poseemos los Vedas, pero de las acciones que entonces acontecieron no queda recuerdo ni huella alguna. Las disposiciones que hacen al hombre capaz de acciones y de obras inmortales son harto diversas entre sí: muy raramente, y quizás nunca, se hallan reunidas en un solo individuo (Julio César).» [Schopenhauer, Der handschriftliche Nachlab, cit., vol. III, pp. 258-259].

*** Sobre esto Séneca se ha expresado de una manera tan incomparablemente hermosa, que no puedo evitar añadir el pasaje: Epistulae, 79:«La gloria es la sombra de la virtud; aun contra su voluntad la acompañará. Pero, así como unas veces la sombra antecede y otras sigue, o se sitúa a la espalda, igualmente la gloria en ocasiones va delante de nosotros y nos brinda su contemplación, en ocasiones sigue detrás de nostros tanto más espléndida cuanto más rezagada, una vez que se alejó de ella la envidia.
Durante cuánto tiempo se creyó a Demócrito preso de locura! A Sócrates la fama apenas si le dio acojida. Cuán largo tiempo ignoraron a Catón sus conciudadanos! Le rechazaron y no supieron apreciarle hasta que le perdieron. La inocencia y la virtud de Rutilio hubieran pasado desapercibidas de no haber sufrido la injusticia: al ser aultrajado resplandeció su gloria. Acaso no bendijo su suerte y abrazó el destierro? Hablo de hombres tales a quienes la fortuna ennobleció en tanto les injuriaba. Cuantos hubo cuyos éxitos llegaron a la notoriedad después de su muerte! [...]
Ninguna virtud permanece oculta, y haber permanecido oculta algún tiempo no supone perjuicio para ella. Llegará el día que, sacándola de la oscuridad y opresión en que la tenían sus melévolos coetáneos, la revelará al público. Para utilidad de pocos ha nacido quien únicamente piensa en los hombres de su generación. Muchos miles de años, muchos miles de pueblos vendrán después: tómalos en consideración. Aun cuando a todos tus contemporáneos la envidia les hubiere impuesto el silencio, vendrán otros que juzgarán sin justicia, sin favoritismo. Si una parte de la recompensa de la virtud proviene de la fama, tampoco tal recompensa se pierde. Cierto que no nos afectarán los discursos de la posteridad; con todo, aunque estemos insensibles, ella nos honrará y glorificará.
A nadie, tanto en vida, como después de muerto, dejó la virtud de recompensarle con su favor, a condición de que uno la haya cultivado de buena fe, que no se haya disfrazado y acicalado, sino que haya permanecido él mismo tanto si recibía la visita con prévio aviso, como si la recibía de forma inesperada y súbita. De nada aprovecha el fingimiento; a pocos engaña un rostro ligeramente aderezado por fuera. La verdad es idéntica en todas sus partes; la hipocresía no tiene consistencia alguna. La mentira es endeble: transparenta cuando la examinamos con atención.» [Séneca, Cartas a Lucilio, IX, 79: 13, 14, 17, 18]."



Arthur Schopenhauer, El arte de hacerse respetar - Expuesto en 14 máximas, Alianza Editorial, 2004.

posted by Luís Miguel Dias quarta-feira, março 02, 2005

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