quarta-feira, janeiro 26, 2005
recordaciones aladas (4)
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fotograma do filme Où est la maison de mon ami? de Abbas Kiarostami
"Decididamente, los castigos ejemplares son los que menos sirven de ejemplo por lo que tienen de teatro.
El colegio estaba en un antiguo caserón, hoy derruido para edificar una nueva casa sobre su solar, al concluir una vieja escalera, que daba a un patio pequeño, escalera de tramos desgastados y carcomidos y de anchas barandas lustrosas y renegridas por el roce de las manos y de las piernas. Poeque era una delicia bajar la escalera, no a pie y escalón tras escalón, sino montado en la baranda, dejándose deslizar, sin pisar los escalones.
[...]
Aprendíamos allí muchas cosas, pero muchas... Entre ellas urbanidad. Al entrar, lo primero era detenerse en la puerta y agarrando a sus dos bordes con sendas manos, soltar el saludo: «buenos días tenga usted, cómo está usté?», esto canturreándolo, acentuando mucho y alargando la última e, y allí, quieto, hasta recibir en cambio, el «bien y usted?» a lo cual se decía: «bien para servir a usted!» y se podia pasar. Este saludo tradicional evolucionó poco a poco, como todo lo litúrgico y lo no litúrgico, hasta convertirse en un rápido y enérgico silabeo que sonaba algo así como: tas tas tas tas tausté!
Habia días de visita, en los cuales salía el pasante y nos quedábamos esperándole. Tomaba fuera un sombrero, volvía, llamaba a la puerta, iba el maestro a abrirle y apenas entraba, convertido en visita, con su correspondiente dombrero en la mano, nos poníamos todos de pie y a una voz le espetábamos el saludo. Con una seña de la mano nos invitaba a que nos sentáramos y seguía la visita con una gravedad admirable.
Y cuando la visita era de verdad?... cuando venía alguien de veras a visitar la escuela? Entonces el maestro exhibía como a un bicho raro, a Vicente, uno de sus favoritos, que comía acíbar, extraño fenómeno, caso admirable. Y no era la única particularidad del tal Vicente, sino que, además, se le había dislocado el brazo por el hombro tres o cuatro veces, y él como si tal cosa. No sé qué relación guardaría lo de gustarle el acíbar con lo de tener tan dislocable el hombro, pero alguna debería ser.
Cuando concluía la clase se ahogaba el orden impuesto en una vocinglería fresca que resonaba vibrante por entre el polvo de la bohardilla. Las voces recobraban libertad. Levantábase una nube de polvo, gritábamos hasta desgañitarnos, tomábamos por asalto al pobre viejecillo, desarmado ya de su caña; algún pequeñuelo trepaba a él, le buscaba granos de alcanfor o paciencias en los bolsillos, guarecíanse otros bajo los amplios faldones de su enorme levitón mientras cantaban: «Don Higinio...patrocinio... de las almas... que se acojen... a vuestro paternal amor!» Quedaba el pobre viejecillo convertido en un racimo de chicuelos frescos y vivos, oreándose con el aliento de la niñez. Él me enseñó los puntos cardinales y a orientarme por el mundo, cuando nos preguntaba: «por dónde sale el sol?», y nosotros «por allá!»; y luego, poniendo aquel punto a nuestra derecha y poniéndonos cara al norte, exclamábamos, señalándolos con el brazo: «norte!, sur!, este!, oeste!» Él me enseñó las primeras lágrimas del arte; bajo su mano rompió mi mano a trazar aquellos palotes de que vienen estas letras; en aquel colegio me abrí a la vida social."
Miguel de Unamuno, Recuerdos de niñez y de mocedad, Biblioteca Unamuno - Alianza Editorial, Madrid, 2002.
posted by Luís Miguel Dias quarta-feira, janeiro 26, 2005